viernes, 6 de febrero de 2015

Crónicas de un Amor Demoníaco - Capítulo 7- Recuerdos impertinentes

Astaroth dejó a un lado el antiguo diario. Prefería seguir rememorando los sucesos y sentirlos con vividez (como había estado haciendo desde el ataque a Isabella) que leer sólo lo escrito en su diario.  Las líneas escritas no conseguían transmitirle la pizca de emoción que necesitaba en ese momento. Se tumbó en la moqueta blanquecina del despacho y se despeinó los cabellos con cansancio; leer le había aletargado más de lo que pensaba.  Cuando cerró los ojos se adentró por completo en sus  recuerdos:




  Al ver la velocidad con la que se movía su oponente, Astaroth alargó con rapidez sus uñas y dientes hasta convertirlos en garras y colmillos para defenderse. Al mismo tiempo, Wright se convirtió en una mancha borrosa indistinguible para el ojo humano; y a pesar de la distancia que los separaban, llegó hasta su “presa” superando la velocidad del sonido y se abalanzó sobre ella. Ésta no se esperaba que, en vez de atacarlo, lo rodeara con sus brazos, por encima de sus codos. Sorprendido, Astaroth abrió los ojos de par en par y bajó la guardia.

  Entonces Wright lo besó.

  Astaroth, sin apenas aire, se revolvió en el agarre del otro demonio, pero lo apretó aún más entre sus brazos.
-          ¡Nnn…!- se quejó Astaroth de dolor. Así que, sin poder hacer nada, apretó los puños y los mantuvo a ambos lados del costado.
  
  Los labios del joven pelirrojo eran rudos y nada cómodos, pero cuando vio que el otro parecía haberse calmado, los ablandó y comenzó a moverlos. Le obligó a abrir la boca empujando con fuerza contra sus labios. Cuando la abrió, introdujo un poco la lengua, acariciando los colmillos que el otro había sacado antes. Le transmitió su calor con sus labios y con roces húmedos de su lengua. 





Inconscientemente, Astaroth recorrió el contorno de su boca con la punta de su lengua; empezaba a notar una pequeña pero agradable calidez en la parte baja de su estómago.
  
  




  Un momento más tarde, lo liberó y por fin su presa pudo tomar aliento. Reunió en la boca un poco de la saliva que Wright le había obligado a tomar y la escupió con asco sobre una lápida. Sus ojos se tornaron de un agresivo tono azul y sus pupilas rajadas se empequeñecieron de rabia. Dejó salir un prolongado  gruñido, pero antes de que pudiera decir nada, Wright alzó una mano y tomó la primera palabra.

-          Antes de que hagas o digas nada, déjame advertirte de que, como ya habrás supuesto, conozco tu verdadera naturaleza como demonio. Y como también habrás adivinado, debes tener cuidado si piensas acusarme de algo, – recitó con calma- ya que del mismo modo, yo también te delataré. Y no pienses tampoco en matarme; sé que no eres de los demonios más fuertes del Infierno, ni siquiera has podido escapar de mi agarre así que tratar de eliminarme sería una tontería. Por no hablar de que soy algo más de 20 centímetros más alto que tú. –Pareció haber terminado su discurso, pero entonces susurró al viento:- Astaroth.

******************

  Se encontraban todos colocados alrededor de una brillante lápida de granito con letras en relieve que rezaba: “Isabella Marie Auguste Miller (1833 Enero-1850 Abril)”. Delante descansaban los restos enterrados de la chica y sobre ella, decenas de flores coloridas que habían traído los presentes. Detrás de la lápida, el cura de la parroquia recitaba párrafos de la Biblia que tenía abierta sobre una mano. Algunos, en especial mujeres, habían sacado sus pañuelos de seda y derramaban silenciosas lágrimas de pena.

Astaroth, situado al final del corro, no escuchaba el sermón. No sólo porque sus hábitos de demonio le empujaran a rechazar lo relacionado con la religión, sino porque a sus espaldas se había colocado el odiado demonio pelirrojo.

  Al principio notó sólo un pequeño roce en la parte baja de la cintura, después una caricia. Más tarde era total y plenamente consciente de que Andrew Wright le tocaba el trasero, le agarraba las nalgas con ambas manos y de que incluso, se había atrevido a introducir la suave punta de sus dedos en los laterales del pantalón. Teniendo en cuenta la advertencia que le había hecho hace un rato, Astaroth se mantuvo quieto y en silencio como si no pasara nada para no llamar la atención. Dejó sus manos quietas durante un momento, y como si se le acabara de ocurrir una gran idea, introdujo una mano en el bolsillo delantero izquierdo del sorprendido Astaroth. La mantuvo allí dentro sin moverla hasta que, ni corto ni perezoso, la dirigió hasta su entrepierna, aún en el interior del bolsillo.
 
  Notó el calor corporal de sus dedos  a través de la tela.
  La tensión almacenada en sus hombros durante los últimos minutos.
  El tono rojizo de sus orejas.
  El ligero temblor que hacía sacudir sus manos, apretadas a los costados.

  Acercó su cuerpo al suyo, con las piernas rozándose y su propio pecho contra la espalda de él. A pesar de que no era la zona más próxima a su piel, Astaroth no pudo despejar de su cabeza la imagen de su pelvis contra su…ejem, trasero.
  
  



 Y de repente, esa calidez que había comenzado a sentir hace un momento se intensificó y descendió hasta su miembro. Despegó la espalda de la moqueta de golpe y se cubrió la zona con las manos.
“Joder, no puede ser”, se rozó un poco con los dedos; notaba bajo ellos un nivel de calor nada normal. ”¿Me pongo así sólo por recordar ?¡ Sólo han pasado unas horas desde que nos hemos acostado!¿¿Cuándo me he convertido en un pervertido??”
Por otra parte, la sensación tampoco estaba tan mal. Apretó un poco más las manos y sus manos cooperaron a calentar la zona. Exhaló un suspiro. Agudizó el oído para comprobar si escuchaba la presencia de Andrew en el piso, y cuando estuvo seguro de que no había nadie más que él, salió silenciosamente (aunque eso sí, volvió a entrar para ordenar los cuadernos).

  Caminó en silencio por la casa hasta llegar al baño. Era pequeño y estilo francés, así que dentro sólo se encontraba el inodoro. Receloso, Astaroth cerró la puerta con pestillo para evitar una posible situación embarazosa. En total silencio y evitando mirarse, bajó una mano y la introdujo en su pantalón. Tenía que empezar ya o comenzaría a dolerle. Se palpó un poco con la palma y después se agarró el miembro. Se apoyó en la puerta al sentir un escalofrío. Y entonces comenzó a mover la mano. Pensó en Andrew; en cómo sonríe, curvando una comisura de la boca más que la otra; en su fuerte y ancha espalda desnuda mientras duerme; en las pequeñas gotas de agua que caen serpenteantes de su cabello tras ducharse; la manera en la que lo acariciaba mientras tenían sexo…
El ritmo fue aumentando más y más hasta que Astaroth jadeó con fuerza y llegó a un nivel culmine de placer y calor. Su mano quedó sucia y pringosa. Se la limpió con papel higiénico mientras su respiración se ralentizaba. Después tiró el papel al váter e hizo que se fuera por las cañerías.
  “Andrew se va a enterar de haberme pervertido hasta este punto…”

 



El cura cerró su Biblia y anunció el momento del minuto de silencio. Todos agacharon las cabezas con tristeza y dejaron que sólo se escuchara el silbido del viento hasta que se terminó el funeral.

  Mientras tanto el chófer del archiduque Lynne estaba apoyado en los laterales del coche de caballos en la salida del cementerio. Esperaba, como los otros chóferes allí presentes, que llegara su jefe para transportarlo a su mansión. Lo que no se esperaba era que éste avanzara hacia él con pasos rápidos y le ordenara llevarlo a casa de inmediato.

-          Señor, ¿le ha ocurrido algo?- preguntó con extrañeza, pero apenas terminó la frase el otro le interrumpió:
-          Conduce a casa. Enseguida- su cabello blanco estaba alborotado y el tono de su voz no parecía admitir peros. Se metió en la cabina de pasajeros y cerró la puerta de un portazo. Durante el viaje de regreso a la mansión no dijo ni una palabra.

******************


-          Madre, en serio, ¡algo le pasa! De las cuatro veces que ha entrado esta mañana en la biblioteca en ninguna ha leído nada sobre Shakespeare o Aristóteles, ¡ni siquiera de Da Vinci! Y lo sé porque entré a comprobar los libros.
-          ¡Valerie! ¿Qué eres: una criada o una acosadora?-la jefa de cocina blandió un cuchillo medio enjabonado contra su hija- ¡Coge esta bandeja y sirve el almuerzo! ¡No quiero oír ni una palabra más sobre tus teorías acerca del señor Lynne, ¿entendido?!

  La mujer se dio la vuelta y siguió lavando los cacharros de la cocina. Su hija Valerie resopló, cogió la bandeja y la depositó en el carrito junto a los otros platos. Miró con odio a otra de las criadas, que se reía con disimulo de ella, y salió de la cocina empujando el carrito.

  Ese día hubo más comida de lo habitual ya que el señor de la casa no había comido nada desde la tarde que volvió del funeral. La joven sirvió el almuerzo en silencio y con recato, como se esperaba del servicio. Mientras lo hacía, una idea le rondaba en la cabeza, y Astaroth lo sabía. Con las manos entrelazadas  y los codos apoyados en el reposabrazos, llegó a la conclusión de que la idea de Valerie quizás no fuera tan mala.

-          Señor, permítame decirle que, bueno, parece un poco…ausente. E incluso triste.- el hombre sentado en la butaca levantó la vista y fingió sentir sorpresa.
-          ¿Ah, sí?- sus ojos parecieron inocentes a través de las gafas.
-           Sí, y…aunque sé que no es de mi incumbencia, a lo mejor le animaría salir o…
-          Tienes razón. ¿Por qué no? Saldré en cuanto termine de comer. ¿Podrías comunicárselo al chófer, Valerie?- le sonrió.
-          ¡Por supuesto!- la chica le devolvió una sonrisa más amplia y salió a cumplir la orden.

Astaroth no hizo más que verla marcharse. Se oyó un maullido y al bajar la vista encontró a su gato sentado en el suelo. Lo cogió y sentó en su regazo mientras ronroneaba de forma melosa.
-          ¿Has visto qué fáciles de engañar son los humanos, Chef?


Deseó que ojalá hubiera sido esa la única vez que le pasaba algo parecido, pero por desgracia, su extraña “amistad” con el recién llegado Andrew  Wright acaba de empezar. De haber sabido lo que ocurriría más tarde de habría quedado en la mansión.



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