jueves, 30 de octubre de 2014

Crónicas de un amor demoníaco - Capitulo 03 - El sueño

Vicent sintió un deje de tristeza al leer esa última frase. Aunque fuera un maníaco de la limpieza y el orden, y una persona (más bien demonio) de carácter serio, él también tenía sentimientos.
Bajó la cabeza para seguir leyendo cuando un brazo le quitó el diario de las manos y lo lanzó al escritorio que estaba junto a la estantería.

-¡Andrew!- se quejó Vicent- ¡Ten cuidado con el di...!

El pelirrojo había agarrado su cara con ambas manos y lo calló usando sus labios, besándolo profundamente con su lengua. Pero para sorpresa de Vicent se rompió antes de lo que esperaba.

-Vamos al dormitorio ahora- jadeó Andrew. Ayudó a Vicent a levantarse del suelo y se dirigieron hacia el lugar a trompicones, golpeándose con las paredes mientras se besaban enfurecidamente. Cuando llegaron se lanzaron sobre la cama. La habitación se encontraba totalmente a oscuras aun siendo de día, ya que tanto las persianas como las cortinas estaban echadas.

De manera impaciente se dejaron llevar por el deseo, se desnudaron el uno al otro, repartiéndose besos por la piel desnuda del otro. En la oscuridad del dormitorio sólo se alcanzaba a oír los jadeos de la pareja.

-Nnnnn…- Vicent gruño al sentir los dedos de Andrew introduciéndose en su interior. Lo abrazó por el cuello y levantó la cadera para dejarle la tarea más fácil al pelirrojo.

Mientras lo dilataba, sus miradas se encontraron, a pesar de la falta de luz. Cerraron los ojos y se acercaron más el uno al otro para besarse. Sus torsos quedaron pegados y notaron cómo sus excitaciones aumentaban al sentir sus miembros frotándose. Sin romper el beso, Andrew agarró el muslo y el pene de Vicent y de una sola estocada entró en él. Soltó un gemido de sorpresa por la repentina intrusión que animó al pelirrojo a continuar.

Andrew comenzó con las embestidas mientras masturbaba el miembro del otro, que jadeaba cada vez más fuerte en su oreja. A medida que aumentaba la velocidad e intensidad, el crujido de la cama al tambalearse resonaba cada vez más en la habitación. Tan fuerte eran las embestidas que Vicent tuvo que levantar los brazos y agarrarse al cabecero para tratar de amortiguarlas. La fuerza y resistencia de un demonio son enormes comparadas con la de los humanos, sobre todo si el demonio estaba bien nutrido.

Unas horas más tarde los dos se encontraban respirando rápidamente, con sus cuerpos bañados en sudor y semen repartidos por sus torsos y parte de la cama.

-Dios…- jadeó éste.

-¿Qué, tan bien lo he hecho? Deberías estar acostumbrado.- Andrew sonrió pícaramente mientras lo miraba a los ojos.

-Pensaba que íbamos a romper otra cama…

-Pse, por una más no pasa nada.- Pasó un brazo por encima del pecho de Vicent y se acurrucó a él antes de cerrar los ojos. El peliblanco lo besó con ternura sobre los parpados y lo acompañó en los sueños.

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Todo estaba oscuro. Ni siquiera veía dónde estaba el suelo, temía dar un paso y caerse. Trató de mirarse las manos, pero tampoco las podía ver. Es como si él mismo se hubiese fundido con la oscuridad. Una silenciosa brisa corría a su alrededor, por lo menos sentía, porque estaba solo. Sin embargo enseguida se fijó en un tenue brillo que empezaba a emerger de alguna parte. El resplandor rojizo que se hacía cada vez más fuerte. Dejó de tener frío: aquel brillo emanaba calor y le hacía sentirse seguro, notaba cómo le envolvía con cariño.

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Vicent se despertó enredado en las sábanas blancas. Buscó adormilado a Andrew pero su lado de la cama estaba vacío y frío. Despegó la cara de la almohada y lamentó haberse dormido con las gafas. Podrían haberse roto o doblado, y ese par le gustan mucho. Miró la hora en el reloj, ¡eran las 8:30 de la tarde! Saltó de la cama y abrió el armario para coger ropa limpia. Al que le gustaba lucirse desnudo por la casa era a Andrew, no a él.

Recogió la ropa del suelo y cambió las sábanas para echarlo todo a lavar. Lo dejó todo en la cesta de mimbre al lado de la lavadora. Vio a través de la ventana el impresionante atardecer anaranjado rojizo que daba paso a la noche. Cosas así no había en el Infierno, ni, bueno, en su antiguo hogar. Le recordaba al resplandor rojo con el que soñó hace un rato. Habría apostado sus diarios a que el brillo de sus sueños era Andrew, y no era la primera vez que soñaba con él.

Salió de la habitación de la lavadora y fue a la cocina, que estaban conectadas. De vuelta al estudio para seguir leyendo, se fijó en  post-it amarillo pegado en la encimera de granito gris, decía:

He salido a hacer unos recados. Cena si te apetece sin mí.
Estabas muy sexy dormido, así que te he sacado una foto
y la he puesto de fondo de pantalla.

XOXO, Andrew <3

Bufó medio sorprendido y avergonzado. Debería esperar esas cosas de él, pero en vez de eso se sonrojaba e intentaba mantener la compostura. Como aquella vez que Andrew se partió una pierna y decidió curarse mediante el método humano y no con sus poderes de demonio, que evidentemente es el más rápido de los dos. Todo para que Vicent le ayudara a bañarse. O aquella otra en la que compró un par de esposas especialmente fuertes para “jugar” en la cama. Por supuesto Vicent se negó a dejarse humillar de esa manera, pero aun así el pelirrojo se salió con la suya aprovechando que el peliblanco estaba dormido.

Andrew por supuesto tenía fotos de esos momentos y más. Al igual que Vicent seguía con su tarea diaria de escribir su diario (ahora a ordenador, aunque a veces echa de menos las plumas y la tinta china), el otro sacaba fotos de cada momento que consideraba especiales.

En el estudio a parte del escritorio y unos archivadores, tenía dos enormes estanterías de madera blanca. En ambas se guardaban sus queridos diarios junto con los álbumes de fotos de Andrew. Los más antiguos estaban amarillentos y envejecidos, pero sin daños, por el cariño con el que los trataba. La colección pasaba de unos cuadernos de cuero y papel amarillo hasta unas con seguro y llave para abrirlas.

Vicent se acomodó de nuevo en el suelo y buscó en el diario de 1850 la página por la que iba. Pasó cinco hojas en la que no ocurría nada interesante y encontró la parte que estaba buscando. Era tan solo tres días después de lo último que había leído. La letra estaba escrita de manera apresurada, aunque sin erratas.

Finales de Abril de, 1850:


Estimado diario, creo que es preciso que te explique con sumo detalle lo ocurrido en la fiesta de la duquesa Miller, creo que algo extraño se avecina.

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